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Expresión y alma.(Notas sobre la relación entre rubén Darío y Juan Ramón Jiménez) Imprimir E-Mail

A Darío le conmovía especialmente la pureza espiritual transparentada en el poeta andaluz; de ahí las palabras que le escribe en una carta, fechada en 1903: “Estoy un poco triste y otro poco decepcionado. Hay odios y miserias en las letras. Me estoy llenando de canas a los 37 años…su amistad me compensa de muchas penas”[1] …y un año más tarde: “Me dice V. que la gente es mala! Pues bien, sepa V. que las que V. conoce son serafines…No, no se mezcle V. que en verdad es bueno, noble, cristalino, con las cosas de tan ponzoñosos seres”[2].

Veamos algunas palabras del autor de “Ninfeas”, en una carta al nicaragüense (residente en París), también fechada en1903; en ellas se destila una similar hondura afectiva. Su barniz algo estridente no les resta sinceridad: “Creo que usted es el primer poeta de los que hoy escriben en castellano y con una gran superioridad sobre todos, y (…) le profeso un cariño entrañable(…)Tengo que decir mucho sobre usted a estas pobres bestias madrileñas (…)A mí me gusta hablar poco; además, yo no voy a cafés ni casi al centro de Madrid; vivo aquí aislado y sólo viene a verme algún buen amigo; así, trabajo y, sobre todo, leo y sueño mucho. Y por esto, tengo muchas cosas que decir de usted a estas bestias. Si yo estuviera fuerte, iría a París unos meses, sólo por el gusto de estar algún tiempo con usted.”[3]

Por estos años, les unía también una potente concepción romántica de la poesía. Rubén Darío siempre vio la poesía como un camino hacia Dios, por contenerse en él los principios eternos de la Belleza, la Verdad y la Bondad: la suprema aspiración del poeta - y de todo poeta - era acercarse a los dos primeros. El Arte expresa la unión con Dios y Éste es armonía en la Vida Eterna... nos dice el poeta en múltiples ocasiones. Ahí confluyen claramente el poeta y el hombre, por mucho que se les quiera separar; algo de todo esto nos revelan las últimas palabras de “Historia de mis libros”, 1909:

“Ciertamente, en mí existe, desde los comienzos de mi vida, la profunda preocupación del fin de la existencia, el terror a lo ignorado... En mi desolación me he lanzado a Dios como un refugio; me he asido de la plegaria como de un paracaídas. Me he llenado de congoja cuando he experimentado el fondo de mis creencias y no he encontrado suficientemente maciza y fundamentada mi fe, cuando el conflicto de las ideas me ha hecho vacilar y me he sentido sin un constante y seguro apoyo. Todas las filosofías me han parecido impotentes; y algunas, abominables y obra de locos y malhechores. (…)Y el mérito principal de mi obra, si alguno tiene, es el de una gran sinceridad, de haber puesto “mi corazón al desnudo”, el de haber abierto de par en par las puertas y ventanas de mi castillo interior para enseñar a mis hermanos el habitáculo de mis más caros ensueños”[4].Este anclaje religioso – intimista sigue idéntica trayectoria en Juan Ramón cuando, por estos años, afirma que “La poesía es algo secreto y puro, una percepción májica que enciende el entendimiento”[5]. El andaluz posterga un tanto la “divinidad” platónica del poeta, al pedir una poesía “con naturaleza (sangre, yerba, fuego, arena, nube, aire”[6]Con esto, rozamos ahora otro punto de acercamiento entre ambos (siempre, en estos primeros tiempos juanrramonianos, aunque sus ideas se plasmarán, teóricamente, mucho después): el concepto de poeta. Del amplio corpus juanrramoniano sobre esta cuestión[7], hemos espigado las palabras siguientes: “Si el poeta (el hombre)se contenta con la realidad visible (…)no pasará de ahí (…)Si piensa y sueña y expresa otras realidades, las invisibles, que él clarivé, su expresión(…)quizá las cuaje”; nótese el “clariver”, creado como verbo para ir a la clarividencia y así mostrar las claves – siempre ocultas – de lo existente, lo universal (que Darío remite a Dios).Desde sus primeros versos y a lo largo de toda su vida, el poeta nicaragüense habla del hilo invisible que ata al poeta con Dios:“Poeta es el ser benditoque hace que un cielo se abra,sin sombra, ni error, ni mitoy responde el infinito

al trueno de su palabra”[8]

El poeta, en su papel de portavoz, puede actuar según una doble dirección: por un lado, acerca el aliento divino a los hombres, como parece; por otro, se erige en mensajero - portavoz de la Humanidad hacia Dios:

“Bardos del Orbe, vuestro laúd sonoropulsad al par conmigo,y entonemos un cantoque llegue al trono santo...”[9].Es muy interesante observar el prólogo de “El Canto Errante”; allí desarrolla - entre otras ideas - el tema de la naturaleza divina de la Poesía, el papel demiúrgico del poeta y... lo poco conveniente de las críticas “literarias”, dadas las premisas anteriores. Recurre a Montaigne como apoyo y recogemos las palabras finales de la cita, por parecernos especialmente significativas: “On la peut julger [a la poesía] mais la bonne, la suprème, la divine, est au dessus des règles et de la raison”. Contiene toda una autoapología y lanza un grito por el derecho a la libertad creadora, del que Rubén Darío se había sentido criticado por sus coetáneos. Libertad no supone arbitrariedad necesariamente, ni capricho circunstancial, sino que puede obtenerse como resultado de una elaborada - y dolorosa - selección (“Y ese antaño querido y rústico Anfión (...) ¿Por qué me lapida, o me hace lapidar, desde su heredad, porque paso con mi sombrero de Londres o mi corbata de París?”). Desde luego, queda implícito el cambio; y de ese proceso de selección > síntesis > cambio, resulta el estilo personal que convierte al poeta en “torre de Dios” extrañamente solitaria, única y misteriosa, por lo tanto candidata a ser expulsada del Parnaso de turno: “Anathema sit al que sea osado a perturbar lo convenido hoy o lo convenido ayer...” (N.212).De singular belleza es el soneto dedicado a Juan Ramón Jiménez, fechado en París en 1900 y que dice así:“¿Tienes, joven amigo, ceñida la corazapara empezar, valiente, la divina pelea?¿Has visto si resiste el metal de tu ideala furia del mandoble y el peso de la maza?¿Te sientes con la sangre de la celeste razaque vida con los números pitagóricos crea?¿Y, como el fiero Heracles al león de Nemea,a los sangrientos tigres del mal darías caza?¿Te enternece el azul de una noche tranquila?¿Escuchas pensativo el sonar de la esquilacuando el Ángelus dice el alma de la tarde?...¿Tu corazón las voces ocultas interporeta?Sigue, entonces, tu rumbo de amor. Eres poeta.La Belleza te colme de luz y y Dios te guarde”. (N.216) ...¿Qué podríamos comentar, ante tanta belleza?El soneto  señala la condición de poeta - que marca la vida de unos hombres escogidos - como la senda arriesgada por la que “se ha de caminar toda la vida / hasta el paradero de la muerte”, en palabras de Cervantes: imposible soslayarlo. El ejercicio de cantar en versos, requiere una esmerada preparación - como la de un incipiente guerrero - para vencer a las fuerzas del Mal, que envían los dioses y los hombres; las primeras son mostradas con absoluta concisión (“divina pelea”); las segundas, mediante la alusión a la lucha de Hércules contra el León de Nemea: es un combate desigual. Su peligro se multiplica indefinidamente, empequeñece al de la vieja leyenda, si los tigres se alían...Rubén Darío ha mirado dentro de su propia vida, ha recordado el pasado y observa el presente. Sabe, por experiencia propia, que los hombres suelen ser mucho más ofensivos que los dioses. El poeta incipiente ha de conocer el sentido de su misión, tan clara y rotundamente como don Quijote (“Yo sé quién soy” dirá el Caballero de la Triste Figura). No sólo reunirá el vigor y la resistencia del héroe: sabrá cuál es y de dónde viene su naturaleza (“¿Te sientes con la sangre de la celeste raza?”); podrá manejar el fuego sagrado de la palabra poética sin malgastarlo; atento a la música y al símbolo oculto de las palabras, conformará una lengua nueva en un orden que hará evocar ángulos insospechados de la Armonía Universal.

El poeta lleva en sí las condicionantes del héroe clásico de las viejas epopeyas: la de combinar fortitudo - sapientia, conocer el alcance de su misión - trazada por los dioses, pero libremente aceptada por él -; intuir que ella determinará el camino y la razón de su vida. “Y era la verdad que por él caminaba” nos dice Cervantes, cuando hemos escuchado el soliloquio del caballero en su primera salida. Rubén Darío comprende muy bien cuánto de quijotesco tiene la figura del poeta, “cisne azorado” entre los charcos del mundo real.

Una vez establecidos estos principios, los tercetos nos conducen al campo mejor conocido por el poeta nicaragüense: la esencia del quehacer poético; la poesía tiene dos dimensiones complementarias: una impenetrable para el común de los hombres, de inmediata aparición. Su ámbito está en el transcurrir diario de la Naturaleza - sin ir a las grandes conmociones - y pasa desapercibida. Los hombres han perdido la capacidad de observarlo y sentirlo; son pequeñeces, como los tonos de una tarde cualquiera, o los sonidos de la esquila que llama diariamente al rezo del Ángelus (en síntesis admirable del bucolismo tradicional); la otra, difícil también, consiste en escuchar las “voces ocultas” e interpretarlas para que puedan oírlas todos los hombres, no abandonándose en el mero anecdotario sentimental. El amor presidirá la cosmovisión del poeta, antorcha de Dios para guiar a la Humanidad...

Uno de los grandes atractivos del soneto es la conjunción sentido / sonido, tantas veces perseguida por Rubén Darío. No se contienen aquí los consejos del experimentado, sino las preguntas esperanzadas de quien se siente poseedor de la fuerza y la belleza poéticas; nunca se había mostrado orgulloso de su capacidad de creador, pero la había captado. Sufrió, sufría amarguras y desengaños y así se carga de nostalgia, añorando una segunda juventud ante las promesas presentidas por el joven Juan Ramón. Es idéntico al sentir expresado en “Y el pesar de no ser lo que yo hubiera sido / la pérdida del reino que estaba para mí...” 

(¿Cómo Juan Ramón, años después, ya absolutamente encumbrado, pudo olvidar este soneto, a la hora de invocar en vano, tantas veces, el nombre de Rubén Darío?).

   



[1] Vid. Antonio Oliver Belmás, “Este otro Rubén Darío”, Madrid, ed. Aguilar, 1968, págs. 224 – 225. [2] Ibid.[3] Vid. “La corriente infinita”, pág. 231.[4] Vid. Historia de mis libros, O.C. de Rubén Darío, vol. I; ed. de Afrodisio Aguado - 1950 - 1955. Ed. Facsímil de Espasa - Calpe págs.223-224.[5] Vid. “La corriente infinita”, op. cit., pág. 177. Juan Ramón, en estas conferencias, recogidas con testimonios directos y cartas en “Estética y Ética estética”, considera a Unamuno y, sobre todo, a Rubén como grandes poetas contemporáneos: “dos extraordinarios tesoros de expresión y alma”. Madrid, ed. Aguilar, 1967, pág. 93.[6] “Estética y Ética estética”, op. cit. págs. 37 – 57.[7] Vid. “Política Poética”, Madrid, Alianza ed., 1982; “El Modernismo, notas de un curso”, Madrid, Aguilar, 1962; “Selección de cartas”, Barcelona, Bruguera, 1977.[8] El Poeta, O.C.V p.291.[9] “Naturaleza”, O.C.V p.295. 

 
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