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Ángel Peña.
Rara avis este Jiménez Lozano (Langa, Ávila, 1930). Es todo un Premio Cervantes, pero prefiere vivir en paz y sin ruido en un pueblecito de Valladolid. Cercano y amable en la conversación, sus opiniones son de una contundencia aplastante. Encuentro le publica ahora 31 cuentos inéditos en La piel de los tomates.
Le he leído que de un buen relato se sale “verdaderamente herido o gozoso, pero, sobre todo, se sale lúcido”.
Un relato le hace a uno ver más claro algún recoveco, alguna estancia de nuestra vida humana. El cuento es un invento judío, bíblico, y, de generación en generación, se han ido acumulando otros cuentos sobre el mismo asunto; así, sin que se decolore un ápice del primitivo, conocemos mejor.
Sus cuentos suelen enfocar pequeños detalles, hechos cotidianos... Sin embargo, la gente, sobre todo en verano, viaja a destinos exóticos, busca emociones fuertes, revelaciones esotéricas...
Decía Max Frish: “El hombre es lo que importa, el Diluvio Universal puede inventarse”. Nuestras vidas son esos pequeños acaeceres y las pequeñas cosas, la cotidianidad. Toda historia de un hombre, la más pequeña, es una maravilla, y una maravilla la piel de un tomate, el sol haciendo juegos en una tapia enjalbegada que alabea. Yo no creo que los hombres hayan perdido capacidad de maravillarse, pero sí es muy nuestro no atrevernos a quedarnos en casa, y ésa es la mayor desgracia, decía el señor Pascal. Y también ocurre como a quien se acostumbra a oír música de batería: ya no oirá nunca los pianísimos y necesitará cada vez mayor potencia de sonido.
Pese a ser Premio Cervantes, parece que prefiere mantener un perfil bajo: no frecuenta los medios, vive lejos de la cultura oficial...
Los otros perfiles digamos que no me atraen, quizás porque no estoy dotado para la lucha darwinista de la literatura, me educaron en una cierta nonchalance , digamos que jansenista, en la que entraba el consejo de que ni media mala digestión por cuestiones literarias.
Pero no deja de denunciar el retroceso de la sociedad en ciertos aspectos, como la pérdida de valores.
Los valores no se pierden como un llavero. Los valores, heredados de una cultura secular y que se fueron instalando con enormes esfuerzos, se han puesto a irrisión pública y machacado a ciencia y conciencia, y se continúa haciéndolo. Éste es el tiempo del odio a los padres y al tiempo de los padres. Llevamos en la tarea, con alternancias, como 200 años.
¿Qué parte de culpa tienen los intelectuales?
Cualesquiera que sean esos señores intelectuales y sus responsabilidades —y seguramente no son escasas—, las cosas se juegan más bien en el plano de la media cultura tan odiada y temida por Goethe, que son los que hacen audiencia, y en el de la literatura de usar y tirar, la que alimenta las masas. Y luego están sus cómplices mediáticos. Asunto político, entonces.
La piel de los tomates
José Jiménez Lozano. Editorial Encuentro. |