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Por Juan Antonio Olmedo Asesor Técnico del MEC Tras los mil inconvenientes y fatigas de un año colmado de celebraciones por sus cien años de vida, lúcido, cordial y sincero, Francisco Ayala (Granada, 1906) habla de sí , de las grandes figuras que conoció, del exilio y de su obra, en una grabación filmada para los recursos educativos de Fomento de la lectura (www.planlectura.es) creados desde el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (CNICE) del Ministerio de Educación y Ciencia. Una soleada mañana madrileña, las preguntas se suceden durante dos horas, bajo la atenta mirada de la profesora Carolyn Richmond -autora de la antología ayaliana, De toda la vida- .
Ayala responde con aplomo, a veces con un punto de emoción, desde sus 101 años de fecundo magisterio, de ejemplar e insobornable independencia. Ofrecemos un extracto de sus palabras. -¿Qué papel adquiere su ciudad natal en su obra?¿Cómo recuerda su vida de estudiante? -Todo ambiente natal es decisivo porque las primeras impresiones que se graban sobre la conciencia de alguien son las que van a formarlo básicamente y resultan indelebles las marcas impuestas por esas primeras experiencias [...] Mis comienzos fueron en el Instituto Técnico de Segunda Enseñanza de Granada, que era entonces único en la ciudad –actualmente se han multiplicado los centros. Fue una experiencia buena; en varios sentidos fue positivo para mí. Yo he procurado siempre en mi vida sacar lo mejor que podía de la experiencia y asumirlo, apropiármelo. [...] En los años del Instituto el profesor que, como dicen ahora, me impactó, con un impacto que dura hasta hoy, imagínese, un siglo, fue don Braulio Tamayo. Era, creo que madrileño; en todo caso no era andaluz, no era granadino. Tenía un verdadero amor a la literatura y pasión por la enseñanza. Nos puso en contacto a los chicos con las obras más grandes de la Edad media española y del Renacimiento. Este hombre lo hacía aquello con un entusiasmo y con un fervor que era realmente contagioso. Si nos citaba, por ejemplo, un fragmento de un poema medieval, queríamos conocer el resto de aquel texto del medioevo, y a veces pasaban 20 o 30 años antes de que, en efecto, encontráramos en un libro el poema del que él nos había recitado un trozo. -¿Fue este profesor el artífice de su interés profesional por la literatura, por la docencia? -Sí, desde el punto de vista de mi relación con el profesorado, sí, evidentemente que sí, pero la verdad es que mi contacto con la literatura ha sido tan precoz, que puede decirse que, con mi nacimiento, enseguida todo ha sido literario. Mi vida es literaria, yo he vivido literariamente y creo que todos vivimos, en cierto modo, literariamente, pero sin saberlo o sabiéndolo; yo lo he sabido. He tenido tropiezos, momentos difíciles, pero siempre con la literatura a cuestas, siempre. Una vida literaria -¿Cómo tuvo lugar su descubrimiento de los libros? -He sido lector desde el primer momento en que he abierto los ojos sobre una página impresa. Mis primeras letras fueron muy variadas, muy diversas. En mi casa había todo tipo de libros y de papeles y de revistas; era una casa en la que la lectura jugaba un papel primordial. [...] Sobre todo mi madre era muy lectora, con muy buen gusto, y ella me introdujo en muchos libros: las novelas francesas, novelas españolas... La regenta fue una novela que yo leí de niño[...] Caí en ese ambiente y en él me formé en el modo más adecuado a mi propia personalidad que reclamaba eso precisamente. Hubo toda clase de lecturas, desde los tebeos de entonces hasta el Quijote, con eso está dicho todo, y a una edad en que no estaba en condiciones de apreciar y valorar lo que leía. Fue una especie de atracón de lecturas inicial y continuado, hasta ahora, hasta ahora. -A su llegada a Madrid conoció el ambiente de revistas y tertulias de los años veinte –de la Granja del Henar, de Pombo, del Ateneo-, ¿cómo eran? -Madrid era una ciudad muy vivaz, sobre todo en el centro, donde se desarrollaba la vida intelectual. Las tertulias eran muy variadas y muy ricas en contenido intelectual y en anécdotas; estaban situadas próximas las unas de las otras, en diferentes cafés o en diferentes sitios de la ciudad, pero eran intercomunicables, de modo que la gente pasaba de una a otra a ratos; se aceptaba a cualquiera sin preguntarle nada. -A la tertulia de Revista de Occidente no accedía cualquiera... -Esa era diferente; así lo quiso Ortega y Gasset, que fue quien la fundó y la sostuvo; ese era su propósito, que fuera reservada y aristocrática, en un sentido no social sino espiritual del término. Para penetrar en ella hacía falta ser admitido y hacer una especie de prueba. Todo eso lo pasé yo, claro. -La Biblioteca Nacional, cuyo patronato preside ahora, ¿es clave en su formación? -Por supuesto que sí, eso fue decisivo. La Biblioteca Nacional entonces estaba bastante poco utilizada; había muchos libros, personal y pocos visitantes. Así que, para un joven sin dinero como era yo, un muchachito pobre y deseoso de lecturas, era un albergue ideal. Llegaba uno, se sentaba allí y se podía pasar las horas tranquilamente con los libros que quisiera, que estaban a mano. La Biblioteca era un sitio de descanso y de recreación; recreación en todos los sentidos de la palabra. -Becado por la Universidad Central usted viajó a Berlín, como lo hicieron otros compañeros de su generación: Rosa Chacel, Alberti, María Teresa León... -Ellos viajaron después, creo. Mi viaje, inicialmente, en 1929, pertenece a una serie de viajes de formación de españoles a ese centro [la Universidad de Berlín] que era en centro luminoso de la época y muy en el momento en que estaba a punto de extinguirse, de apagarse... Llegué en unas postrimerías del esplendor científico de Alemania [...] Luego volví, lo tengo escrito en en alguno de mis libros, en momentos mucho más convulsos ... -Usted se identificó con los valores de modernización democrática y social de la II República, ¿cómo recuerda ese período? -Sobre todo ese período existe hoy día una gran confusión, una confusión penosa, porque la gente piensa en la República como una revolución y no es así; fue el resultado de un desarrollo histórico que está claramente indicado por el hecho de que el primer presidente de la República fuera un exministro del rey y que los personajes de la República fueran los mismos personajes notables del régimen que acababa de sucumbir. No fue una revolución, fue una transformación, una transición muy fácil y realmente muy civilizada.[...] Exilio y creación -De su prolongado exilio, la etapa argentina (1939-1950) es de agigantamiento literario de Francisco Ayala (Los usurpadores, La cabeza del cordero, el ingenteTratado de sociología, la fundación de Realidad, colaboraciones en Sur y La Nación), ¿cómo la recuerda? -Para mí la Argentina, en concreto Buenos Aires, supuso un ambiente muy propicio, muy ad hoc, muy apropiado a mi manera de ser, de modo que mi vinculación emocional con Argentina es muy grande y yo diría que mayor que con ningún otro país [...] La intelectualidad argentina estaba en un nivel que me permitía a mí entrar perfectamente en un diálogo con ella, inmediatamente, de modo directo y así fue, así se hizo. Yo fui amigo de los escritores argentinos de aquel momento inmediatamente, sin reservas. -De su actividad editorial destaquemos la revistas La Torre, en Puerto Rico, y de su etapa anterior Realidad. Revista de ideas, fundada con el pedagogo Lorenzo Luzuriaga con el que compartió tareas... -No sólo compartimos tareas sino que fuimos muy amigos, muy buenos colegas, a pesar de unos caracteres personales completamente distintos, porque él era espontáneo, brusco, directo y yo, al contrario, era más bien callado, silencioso y observador. Con eso y todo tuvimos una relación absolutamente fácil y fructífera. Realmente llegué a tener una estimación muy alta de Lorenzo, muy alta [...] Habría que comparar esa revista, La Torre, con la revista Realidad que fundé en Buenos Aires y acerca de la cual hay muchos documentos, de cómo fue, y tengo entendido que pronto va a circular una reproducción facsímil de ella [...] Esa fue una publicación sobre la que yo tuve el control directo y total. Tan pronto como tuve que dejar Buenos Aires, se cerró la revista, con gran pesar de quienes la sostenían económicamente, que hubieran querido mantenerla, pero yo me negué a que saliera bajo la dirección de otras personas. En cambio, La Torre tuvo un período en que estuvo parcialmente controlada por mí, pero no totalmente, sino que dependía de otras instancias y ha continuado existiendo, hasta momentos bastante bajos, en ocasiones.Sigue publicándose y me alegra que siga publicándose a fecha de hoy una revista que inicialmente la orienté yo [...] Grandes figuras - Entre las grandes figuras que conoció está Manuel Azaña... -Yo conocí a Azaña muy temprano, cuando él era un aspirante a diputado monárquico, candidato varias veces a un acta de diputado en el partido reformista de Melquíades Álvarez, monárquico; en esa época lo conocí yo, cuando todavía él no podía imaginar, ni él ni nadie podía imaginar siquiera las cosas que iban a caer sobre España y en concreto sobre su cabeza. Lo recuerdo y he evocado en alguno de mis libros el momento en que yo fui al café donde se hacían las reuniones aquellas que teníamos. Lo encontré solo. Había llegado temprano, estaba solo y me senté a su lado y estuvimos hablando. Yo era muy jovencito todavía; él era un hombre hecho, mayor, y tuvimos una conversación, o mejor dicho, él me habló todo lo que quiso y yo le escuché y le respondí lo que podía, muy agradablemente, muy simpáticamente. Fue una especie de relación personal muy civilizada también, diría yo, en todos los sentidos. Luego las circunstancias fueron cambiando, las relaciones se mantuvieron siempre dentro de las modalidades que las circuntancias iban imponiendo. Cuando era presidente del gobierno estaba rodeado de gente, bueno, ya sabemos lo que sucede en esos casos. Entonces me mantuve apartado; siempre he sentido asco de esa cosa obsecuente que tiene la gente con el poderoso. - ¿Qué supuso la obra de Ortega en la época? - Él fue un creador dentro de una ilusión de civilidad, que se frustró, una ilusión que no tuvo cimiento... - A los andaluces universales, Juan Ramón Jiménez y Federico García Lorca, ¿cómo los recuerda, cómo eran? -Completamente diferentes el uno del otro, en cierto sentido opuestos por completo. Juan Ramón era reservado, cauteloso, irónico, bastante complicado intelectualmente, no porque no tenga una ideología, sino por su sensibilidad, una sensibilidad de hombre complicado. García Lorca era espontáneo, era intuitivo, digamos que infantil, muy infantil. Mantuvo el frescor de la infancia; lo mantuvo hasta la muerte, pobrecito. Me inspira su recuerdo una gran ternura y una gran lástima. El profesor -En su obra hay tres temas sobre los que usted ha vuelto siempre, la libertad, la muerte y la reflexión sobre el poder. - La libertad es la condición esencial del ser humano; en la medida en que el ser humano alcanza libertad es humano y, de no ser así, está reducido al nivel de la animalidad, porque al fin y al cabo somos animales, somos una especie animal que se levanta sobre su propia especie a través de la libertad. [...] La muerte es algo que, ya sabemos, las religiones nos han enseñado eso, que tenemos que morir, y la gente quiere y puede olvidarlo, y lo olvida. Pero me parece que hay que tener presente la muerte que a cada uno nos espera, no debemos olvidarla nunca, saber que vamos a morir. La religión, las religiones han hecho de esto un capítulo muy esencial de la educación, “Morir habemus”, tenemos que morir.[...] Y sobre el poder, estamos sometidos a eso, a la necesidad de estar bajo un poder que organiza la vida y que, en cierto modo, puede constituir una finalidad a la que aspiran todos los ambiciosos: quieren ser poderosos; quien no aspira a ello queda reducido, queda al margen. Hay muchas maneras, más o menos sutiles, más o menos solapadas, también, de aspirar al poder, de buscarlo, de conseguirlo... - Desde su trayectoria y sus preocupaciones como profesor -recordamos su libro La crisis actual de la enseñanza , de 1944-, ¿qué cualidades debe reunir el docente? -Yo creo que un docente debe tener como primera cualidad la sinceridad absoluta, no engañar, que es también la manera de engañarse a uno mismo. Presentar las cosas cándidamente, tal cual las siente, las ve y las percibe, y no engañar: esa es la primera cualidad y la decisiva. -En el mundo actual ¿cómo percibe la necesidad de una educación en valores, éticos y ciudadanos, que nos armen moralmente contra la barbarie? -Esa necesidad la tenemos siempre, siempre ha existido, y ahora se hace realmente una necesidad perentoria, porque este es un momento en el cual están desapareciendo esos valores a que usted se refiere, porque la gente no cree en ellos, ni en ningunos otros, y estamos cayendo en una especie de vacío... Sí, hace mucha falta, pero ¿de dónde se saca, qué se hace? Me pregunto yo, le pregunto a usted y a quien quiera decírnoslo. - Entre sus Recuerdos y olvidos está haberle preguntado en una ocasión a Borges cómo le sabía el sabor de la fama. ¿Qué respondería usted a esa pregunta? - Bueno, pues mire -ríe divertido-, la verdad es que no me encuentro representado en la fama. Sé que tengo una fama que consiste en que la gente me reconoce porque me ha visto en la televisión y tal y cual; yo a eso no le concedo la menor importancia. Ninguna, ninguna. Si ese es el sabor de la fama a mí no me sabe a nada. |