|
Javier PÉREZ-CASTILLA
La anomalía es una situación que, desde el punto de vista literario, da mucho juego. Todas las personas familiarizadas con las letras recuerdan aquella feliz fórmula de Valle-Inclán que, a través de un personaje dramático, definía a España como “una deformación grotesca de la historia de Occidente”. En justo homenaje a don Ramón, puede afirmarse que nuestro país sigue siendo “la matrona del esperpento”. Los ejemplos son tan evidentes (basta encender el televisor o abrir un periódico) que eximen el detalle.
Sorprende que en un país de frases huecas y hechos lamentables algo siga funcionando. Ahora conocemos que muchos jóvenes médicos o ingenieros, castigados por la nefasta política de empleo patria, se integran en el mercado laboral de otros estados de la Unión Europea. Alemania es uno de ellos. Se trata de una reedición de la comedia “Vente para Alemania, Pepe”. Sin embargo, ahora el Alfredo Landa doctor no se exhibe con el torso desnudo y la pelambrera al viento en un escaparate, sino que atiende a un paciente tumbado en una cama de hospital.
Sorprende, digo, que esos profesionales sean reclamados en el extranjero, habiendo tenido una formación desigual respecto a sus colegas de otros países. Por ejemplo, en los estudios postobligatorios equivalentes a nuestro Bachillerato. He optado por denominar “bachillerito” a esta chapuza de dos años situada entre cuarto curso de la ESO y primero de cualquier ciclo universitario. Se trata de una peculiaridad española, mejor dicho, una anomalía ibérica. En la práctica, el primer curso de Bachillerato es una prolongación de la ESO, donde menudean los alumnos que promocionan a través de subterfugios varios (desde la diversificación a la piedad de las Juntas de Evaluación) y que todavía no saben dónde están. El profesor, claro, se pasa las clases intentando poner un poco de orden. El segundo curso, seleccionado algo más el alumnado, consiste en una carrera contra reloj para preparar el examen de acceso universitario, la célebre selectividad. Se trata, en consecuencia, de un curso propedéutico, sin entidad ninguna. De esta forma se ha vaciado lindamente el Bachillerato; se ha transformado sin esfuerzo el Bachillerato en bachillerito.
Si sólo tuviera repercusiones académicas dicha operación, sería algo soportable. Pero nuestra estructura de bachillerito, que, de largo, es el más corto de nuestro entorno educativo europeo, entraña otros males. Por ejemplo, el agrupar en un mismo edificio alumnos de edades dispares e intereses educativos diversos. Los institutos se han convertido en un espacio compartido por niños de doce años de 1º de ESO y alumnos de dieciocho de 2º de bachillerito. Si a esto añadimos la denominada comprensividad, el cachondeo está servido.
Produce melancolía visitar otros países y comprobar cómo allí las cosas funcionan de otra manera. Ya hablé en otro artículo de Finlandia. Ahora es el turno de Italia. La semana pasada estuve en la Calabria, en la ciudad de Cosenza, desarrollando un programa europeo en el que participa el sindicato CSI-F Enseñanza Madrid. Allí pude reunirme con alumnos y profesores del liceo científico (liceo scientifico) Pitágoras. La duración de los estudios de Bachillerato italiano es de cinco años, desde los catorce. Por tanto, se ingresa a la Universidad con mayor edad que en España. Recientemente se ha ampliado la obligatoriedad de los estudios hasta dieciséis, pero siguen manteniendo, en esencia, esa estructura.
No hace falta ser Pitágoras, ni siquiera haber estudiado en el liceo del mismo nombre, para alcanzar una conclusión evidente: urge la implantación del tercer año de Bachillerato en España. Únicamente de esta forma terminaríamos con nuestro ridículo bachillerito, señera anomalía del sistema educativo español.
|